Nacionales
_El triunfo de Keiko: la democracia no puede ser rehén de los derrotados_
_Por Elías Wessin_
Los proyectos totalitarios disfrazados de pluralismo constituyen un peligro para la democracia liberal.
La convocatoria a una jornada de protestas nacionales por parte del candidato derrotado de izquierda en el Perú, Roberto Sánchez, tras la clara victoria electoral de Keiko Fujimori, vuelve a poner sobre la mesa lo que en múltiples ocasiones sucede, esto es, que existen sectores ideológicos que participan en la democracia no por convicción, sino por conveniencia.
La democracia liberal descansa sobre un principio elemental, el respeto a la voluntad popular y la alternancia en el poder. Ganar y perder forman parte inseparable del mismo juego.
Sin embargo, cuando determinados movimientos entienden la democracia únicamente como un vehículo para alcanzar el poder, pero no como un sistema de normas y límites que también obliga a aceptar la derrota, terminan convirtiendo el proceso democrático en una mera herramienta táctica y no en un compromiso moral y político.
Ante tal desafío, la democracia tiene derecho a defenderse.
No son pocos los ejemplos en América Latina y otras regiones donde organizaciones de inspiración marxista o revolucionaria han recurrido a la agitación permanente, la movilización callejera y la desestabilización institucional cuando los resultados electorales no les favorecen.
La vieja doctrina de la «lucha de masas» y de la confrontación permanente sigue formando parte del ADN de muchas corrientes radicales que consideran ilegítimo todo gobierno que no responda a su proyecto ideológico.
Precisamente por ello, las democracias maduras han desarrollado mecanismos de autodefensa. La libertad no está obligada a financiar o tolerar a quienes buscan destruirla desde dentro.
La experiencia histórica del siglo XX enseñó que los regímenes totalitarios no siempre llegan al poder por medio de golpes militares; en numerosas ocasiones se valen de las propias instituciones democráticas para desmontarlas posteriormente.
Por ello, países europeos han establecido límites legales a organizaciones que promueven la violencia, la insurrección o la destrucción del orden constitucional.
No se trata de perseguir ideas ni de restringir la pluralidad política. La existencia de un sistema de partidos democrático, respetuoso de la Constitución y de las reglas del juego, es a lo que una sociedad libre aspira.
Pero resulta incompatible con la democracia es la utilización sistemática de las libertades públicas para impulsar proyectos totalitarios o para convertir cada derrota electoral en una excusa para la subversión y el caos.
La tolerancia no puede confundirse con ingenuidad. Como advertía el filósofo Karl Popper, una sociedad abierta no puede ser ilimitadamente tolerante con quienes pretenden destruirla.
El Estado de Derecho posee no solo el derecho, sino también el deber de preservar las instituciones republicanas frente a quienes las conciben como un simple peldaño hacia un régimen hegemónico.
Por ello, resulta legítimo abrir un debate sobre la necesidad de fortalecer los instrumentos jurídicos que impidan que partidos políticos de fachada democrática sirvan como vehículos para proyectos abiertamente totalitarios o para estrategias permanentes de desestabilización.
La proscripción de organizaciones violentas, la pérdida de personería jurídica de partidos que promuevan la sedición y la defensa activa del orden constitucional son mecanismos que existen en diversas democracias y que no contradicen las libertades, sino que las protegen.
La democracia no es un pacto suicida. Tiene derecho a defenderse y a exigir a todos los actores políticos un compromiso inequívoco con la paz, la alternancia y el respeto a la voluntad popular.
Quien participa en una elección debe hacerlo con la misma disposición para reconocer la victoria que para aceptar la derrota. De lo contrario, deja de ser un demócrata y se convierte simplemente en un aspirante al poder absoluto.
La verdadera prueba del compromiso democrático no se manifiesta cuando se gana, sino cuando se pierde. Ahí es donde se distingue al republicano del revolucionario y al demócrata del sedicioso.